Kam y Zechmeister, en un estudio publicado en el American Journal of Political Science en 2013, realizaron tres experimentos y encontraron evidencia de que el reconocimiento del nombre puede favorecer el apoyo a un candidato, en buena medida porque los electores pueden interpretarlo como una señal de viabilidad electoral.
En Junín, mientras algunos dirigentes ya son conocidos por más de la mitad de la población, la enorme mayoría de quienes podrían aspirar a competir todavía no alcanza el 10%. Falta tiempo de calendario, pero queda poco tiempo político para construir conocimiento sólido cuando se parte desde tan abajo.
Hace unos días, una consultora radicada en La Plata realizó un sondeo amplio en Junín y, entre mucha información importante, obtuvo un dato contundente.
A la hora de medir nivel de conocimiento —no intención de voto—, el senador Pablo Petrecca lidera con el 91%; lo sigue el intendente Juan Fiorini, con el 77%; aparece bastante más abajo la legisladora Valeria Arata, con el 53%. Luego, con el 19%, aparece el secretario General del Gobierno de Junín, Manuel Llovet, y por debajo del 10% todos los demás dirigentes políticos, sindicales, empresarios y outsiders de las distintas ideas políticas que se puedan imaginar. Incluso el presidente de Sarmiento de Junín, Fernando Chiófalo, registra un 18%. Pero entre quienes podríamos definir como políticos desde siempre, Gustavo Traverso y Rocio Giaccone (quienes hoy no tienen una participación activa) tienen mas nivel de conocimiento que concejales en actividad.
De este dato duro se pueden hacer varios análisis. Pero el más urgente debería centrarse en que, salvo los tres primeros, los demás deberían empezar a moverse rápido y desprenderse de la fantasía que genera que un grupo muy grande de personas los conozca. Eso se llama nicho y ahí somos todos famosos. El verdadero desafío es trascender ese círculo y ser conocido de manera masiva. ¿Cómo? Y... hay que trabajar mucho.
La otra lectura de estos datos es estrictamente política. Si el conocimiento es una condición de partida para construir una candidatura, hoy hay una diferencia objetiva entre quienes ya tienen instalado su nombre en buena parte del electorado y quienes todavía deben construirlo. En ese escenario, Valeria Arata aparece como la única dirigente opositora que supera ampliamente el umbral del 10% y alcanza un 53% de conocimiento.
Claro que siempre puede aparecer un nuevo o una nueva jugadora. Pero en tiempos de creciente profesionalización de la comunicación política, resulta difícil imaginar una remontada que cambie sustancialmente el escenario en un período relativamente corto, especialmente cuando se parte de niveles de conocimiento muy bajos.
Por ahora, está claro que el candidato del oficialismo es Juan Fiorini. Desde la oposición, solo Valeria Arata ha manifestado públicamente su intención de ser la primera mujer intendente de la ciudad.
Veremos entonces si quienes se manifiestan a diario como opositores a Petrecca/Fiorini optan por acompañar a Arata o prefieren trabajar para construir otra opción. Porque para 2027 todavía falta tiempo. Pero para empezar a ser conocido, cada vez queda menos.
Y acá aparece la pregunta incómoda. De todos los dirigentes medidos, la mayoría lleva más de veinte años haciendo política. ¿Veinte años y todavía menos del 10% de conocimiento en una ciudad de 100.000 habitantes? ¿De verdad el problema es que la gente no los conoce? ¿O será que durante veinte años estuvieron hablando con los mismos? ¿Puede ser que Petrecca, Fiorini y Arata hayan hecho todo tan bien? ¿O será que los demás hicieron demasiado poco —o hicieron demasiado mal— para salir de su propio nicho? Probablemente haya un poco de ambas cosas. Crecer, cambiar de auto, de casa o de estilo de vida puede ser una saludable satisfacción personal. Pero no necesariamente construye conocimiento público y mucho menos votos.
La comunicación política, en cambio, es bastante menos glamorosa: hay que pensarla, trabajarla, medirla y, sobre todo, pagarla. Y ahí aparece el verdadero problema: todos quieren ser candidatos, casi todos quieren ser conocidos y, curiosamente, casi nadie quiere poner un peso de su bolsillo para conseguirlo. Después, claro, siempre queda la explicación más cómoda: la gente no entiende.









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