Vivimos bajo la ilusión del Homo Deus, pero operamos como Homo Click. Aquella utopía digital tecnocrática de democratización del saber, se derrumbó hace rato. Teníamos la mayor biblioteca de la historia, una red neuronal global para potenciar nuestro intelecto hasta límites insospechados. Sin embargo, el veredicto es devastador: en lugar de utilizar la tecnología para jerarquizarnos, la sociedad la convirtió en un tonto dispositivo superficial. Lo que viene no es la liberación cognitiva, sino más idiotez. El panorama es angustiante.
La brecha actual ya no solo es económica; es atencional. Las métricas de firmas como Rival IQ y Socialinsider revelan una alarmante lógica de mínimo esfuerzo: el 85% de las interacciones en redes se reduce al "like", una reacción de milisegundos. En contraste, el deseo de profundizar o verificar información fuera de la aplicación, apenas alcanza un raquítico 1.08% global. Asistimos a la consagración de la pereza intelectual. Como advirtió Giovanni Sartori, la sociedad visual anularía la capacidad de abstracción. Hoy, el usuario consume titulares editados en videos de segundos o imágenes IA y cree que sabe sobre un fenómeno geopolítico, por caso.
Esta renuncia al pensamiento crítico fragmentó la realidad en lo que Eli Pariser denominó "burbujas de filtro". Los algoritmos no educan; retienen. Al alimentar la máquina exclusivamente con nuestros sesgos y fobias, el sistema induce realidades distorsionadas a gran escala. Gerald Bronner define esto como la "democracia de los crédulos": un mercado cognitivo donde la indignación performativa y el meme simplista desplazan al debate intelectual.
La angustia del futuro inmediato radica en esta nueva estratificación social implacable. En la cúspide se ubicará una minoría muy reducida: aquellos que aún conserven la soberanía de su atención, capaces de leer un libro lineal y programar máquinas. En la base, una masa subsumida al scroll infinito, con la conciencia externalizada en los servidores de Silicon Valley.
Byung-Chul Han señala en Infocracia que «el régimen de la información se estabiliza por el hecho de que las personas se sienten libres, mientras están completamente dominadas». Es el esclavo feliz que celebra su propio cautiverio con un doble toque en la pantalla. La tecnología no nos hizo más inteligentes; nos ofreció el espejo de nuestra propia frivolidad y decidimos adorarlo. El algoritmo ya aprendió a monetizar nuestras debilidades y la era de la ignorancia tecnológicamente asistida marcha a paso firme. Descuide, lector: no hace falta que reflexione demasiado sobre esto. Al algoritmo le bastará con que le dé un "like" y continúe.

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